Si te gusta Grecia, pero no tienes ganas o tiempo de coger un avión, aquí tienes un lugar para ti al que se puede llegar en coche desde Roma. En el punto donde la Maremma grossetana se encuentra con los límites del Lacio, se alza un pueblo que parece suspendido entre el verde de la vegetación mediterránea y el azul del mar Tirreno. A unos 127 km de la capital.
¿Por qué se le llama la «Pequeña Atenas»?
Capalbio, apodada por el crítico literario Asor Rosa como la «Pequeña Atenas», no es solo un destino turístico, sino un auténtico refugio para el alma. Este nombre no está relacionado con la arquitectura clásica griega, sino con el papel cultural y social que el pueblo ha asumido desde los años 70 y 80.
Anteriormente Capo Bianco, debido a sus rocas blancas, limita con el municipio lacio de Montalto di Castro. Es una conocida localidad costera, frecuentada por políticos y famosos del mundo del espectáculo. El establecimiento Ultima Spiaggia se ha convertido con los años en el lugar de encuentro preferido de los intelectuales italianos, atraídos por la intimidad de las dunas doradas y la calidad de la cocina local.
Un viaje entre fortificaciones y leyendas
El casco antiguo del pueblo está protegido por una doble muralla, que en su día fue un baluarte contra las incursiones de los piratas. Paseando por estas murallas al amanecer, se puede disfrutar de una vista panorámica de toda la costa.
El pueblo fue donado por Carlomagno a los monjes romanos de Tre Fontane, para luego pasar a manos de las poderosas familias Aldobrandeschi y Orsini.
Capalbio siempre ha atraído a grandes personalidades. En el interior del Palazzo Collacchioni, anexo a la Rocca Aldobrandesca ( el punto más alto de Capalbio, desde donde se puede admirar Grosseto desde las alturas), se conserva el piano Conrad Graf en el que Giacomo Puccini solía tocar. Por este motivo, se ha dedicado una sala del edificio al músico.
A las afueras del centro, el Oratorio della Provvidenza custodia una Virgen considerada milagrosa por los residentes: la leyenda cuenta que la imagen siempre volvía a su lugar original cada vez que alguien intentaba trasladarla a otro lugar.
Pero la verdadera joya artística de la zona sigue siendo el Jardín de los Tarojos. Nacido del genio de Niki de Saint Phalle (artista franco-estadounidense) y realizado gracias al apoyo de la familia Caracciolo, este parque alberga 22 esculturas ciclópeas cubiertas de espejos y mosaicos de colores. Las mujeres de Niki son auténticas guerreras que luchan por un mundo mejor, como afirmó Viviana Panaccia, comisaria de la exposición dedicada precisamente a de Saint Phalle. Un laberinto onírico que pretende infundir alegría.
