A una horita de Roma, hay un pueblecito por descubrir, uno de los más bonitos de Italia. Imagina casas medievales de piedra, adornadas con cascadas de flores de colores, que dan a un espejo de agua azul cobalto. Este pueblo, enclavado en las paredes de un antiguo cráter volcánico, no es solo un destino turístico, sino un auténtico viaje en el tiempo donde, en primavera, el aroma de la fruta de temporada se mezcla con la brisa del lago.
Entre leyendas y fiestas tradicionales
El lago que se extiende a sus pies, rodeado de vegetación, se conocía antiguamente como el«Espejo de Diana». Aquí se alzaba un majestuoso templo dedicado a la diosa de la caza, y las aguas guardaron durante siglos el secreto de las Naves de Calígula: enormes palacios flotantes repletos de mármoles y bronces, testimonio del desenfrenado lujo del Imperio Romano.
Si el panorama encanta la vista, el sabor define el alma del lugar. El pueblo es famoso en todo el mundo por sus fresas silvestres. Pequeñas, muy dulces y con un aroma intenso. Cada callejón alberga bares que ofrecen tartaletas de crema cubiertas con estas preciosas frutas, y los balcones floridos sirven de marco a celebraciones centenarias dedicadas a este«oro rojo».

Cada primer domingo de junio se celebra la fiesta con un desfile con los trajes tradicionales del lugar. Según la leyenda, las fresas silvestres serían las lágrimas derramadas por Venus por la pérdida de Adonis, y servían para ahuyentar a las serpientes del bosque.
Es agradable dar un paseo por las callejuelas de Nemi, donde encontrarás las tiendas locales que mantienen vivas tradiciones milenarias, desde la forja del hierro hasta la elaboración de licores infusionados con los frutos de la tierra.
Curiosidad: la particular conformación geológica del terreno, rico en minerales, sería el secreto detrás del sabor único de las fresas silvestres, que se pueden degustar en el mes de junio.