A pocos pasos del Coliseo, protegido del caos de los turistas y del ruido del tráfico, existe un mundo silencioso y sumergido. Bajo la superficie de la capital se esconden pequeños lagos subterráneos de aguas cristalinas, un tesoro oculto que cuenta milenios de historia romana. Entre templos imperiales y refugios bélicos.
La historia de los lagos subterráneos
Todo comienza alrededor del año 54 d. C., cuando la emperatriz Agripina ordenó la construcción de un majestuoso templo dedicado a su marido, el emperador Claudio (la historia cuenta que fue ella misma quien lo envenenó con un plato de setas). Sin embargo, la verdadera magia se encuentra en las entrañas de esta estructura.
Los túneles se excavaron originalmente para extraer toba y puzolana, los materiales con los que se construyó la Roma eterna. Si decides hacer una visita guiada con «Roma Sotterranea», durante el recorrido verás cables eléctricos en las paredes. De hecho, estos espacios se reutilizaron como búnkeres durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.
Al atravesar los túneles, el escenario cambia drásticamente. Te encuentras frente a espejos de agua con microcristales de calcita que forman el fondo blanco. El agua alcanza aproximadamente 1 metro y 70 centímetros, aunque el nivel fluctúa según la estación. Los análisis confirman que el agua es increíblemente pura y cristalina, aunque el origen exacto de esta fuente sigue siendo hoy en día un fascinante enigma arqueológico.
Cómo visitarlos

Si queréis descubrir esta faceta desconocida de Roma, la asociación Roma Sotterranea organiza visitas guiadas los viernes, sábados y domingos. Es necesario reservar.
Para realizar la excursión es necesario llevar casco (proporcionado por la asociación) y calzado de senderismo (para evitar resbalones). La entrada se puede comprar online. El precio es de 18 euros. Se recomienda aparcar el coche en Largo della Sanità Militare.